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PERSONAJES DE LA RADIO Y TELEVISIÓN. Cuba
Primicias. La verdad siempre / 2009-04-11

MEMORIAS La muerte eternizó la amistad entre dos grandes amigos ---- Adolfo Otero, personaje inolvidable del Programa La Tremenda Corte en el papel del gallego Rudecindo Caldeiro y Escobiña, y su entrañable amigo el actor Julito Díaz -------- Por Alejandro Vilela G. Periodista / Experto en Política Internacional ------ sábado 11 de abril de 2009, actualizado hace 21 horas, 15 minutos -------- Una mayúscula impresión, un miedo súbito, puede paralizar el corazón y causar la muerte de un anciano o de otra persona que padezca de alguna forma de cardiopatía. Un susto no se origina siempre en un temor vital, puede llegar por vía de una inesperada, profunda e irremediable tristeza, ejemplo, la muerte de un familiar muy cercano, de un amigo entrañable. Alejandro Vilela G. La Tremenda Corte inició sus transmisiones en Cuba en 1942; la muerte de una de sus estrellas, Adolfo Otero, provocó un sorpresivo desenlace. Fui una noche testigo presencial de un trágico y a la vez hermoso fenómeno de la pureza más sublime que es capaz de albergar esa paradoja abismal que es la naturaleza humana. Llaman a nuestra Redacción para informar que el veteranísimo actor de ascendencia española, Adolfo Otero, célebre por sus actuaciones en el teatro, la radio y la televisión, especialmente por el personaje inolvidable del gallego Rudecindo Caldeiro y Escobiña, había sufrido un infarto y estaba siendo asistido en la clínica situada en la calle 21 y Paseo, en la barriada del Vedado, la antigua clínica de Reyes, en la que mi madre, ya difunta, me trajo al mundo en 1938. A mi llegada, en unión del camarógrafo, ya Adolfo Otero había fallecido. Era un personaje muy querido y admirado entre los radioyentes cubanos y también del continente. Se había hecho muy famoso y popular con su personaje de Rudecindo en la serie radial, dicho sin ningún chauvinismo, más popular y escuchada de cualquier época y en cualquier parte de Latinoamérica, así como también en ciudades norteamericanas con gran concentración hispanoamericana. El programa en cuestión, "La Tremenda Corte", estaba protagonizado por Leopoldo Fernández, interpretando a José Candelario, "Trespatines", y contaba con un reparto estelar que incluía, entre otros, a Aníbal de Mar (el Tremendo Juez) y a Mimí Cal, Luz María Nananina: "Aquí como todos los días". Tampoco es posible regatearle crédito a los libretos de inmenso talento humorístico del escritor Castor Vispo, muy identificado con la idiosincrasia, dichos y modismos del pícaro cubano. Se dijo que Vispo sudaba la gota gorda escribiendo cada uno de sus insuperables guiones radiales. Y no podía ser de otra manera. Para llenar un libreto radial de media hora hay que escribir muchas cuartillas, y "La Tremenda Corte" estuvo en el aire sin interrupción desde 1942 a 1961, primero en RHC Cadena Azul y más tarde en CMQ, y hasta donde recuerdo, y puedo equivocarme, su creador y único escritor fue Castor Vispo. (Más de sesenta años después, las viejas grabaciones de "La Tremenda Corte" siguen deleitando en lugares numerosos a nuevas generaciones de radioescuchas, un caso realmente extraordinario que habla por sí mismo de su inmensa calidad humorística). CONSTERNACION GENERALIZADA El desplazamiento artístico y periodístico hacia la clínica fue masivo después de trascender a la opinión pública la noticia a través de boletines especiales de Radio Reloj y CMQ radio. La consternación generalizada invadió el centro asistencial, y fue preciso que médicos y enfermeras suplicaran ecuanimidad y compostura a aquella irrupción de dolor que había invadido la clínica. Luminarias cubanas de la radio y la televisión, entre ellas Leopoldo Fernández, Anibal de Mar, Mimí Cal, Alicia Rico y el resto del elenco de "La Tremenda Corte", exigían llenos de tristeza detalles sobre el infausto acontecimiento y expresaban francamente, sin ninguna reticencia, en múltiples entrevistas, su más profundo dolor a los equipos periodísticos que también inundaron la instalación médica. INAUDITO PERO CIERTO Nadie podía suponer en aquellos aciagos minutos que en un lapso muy breve de tiempo la estupefacción se uniría a la consternación de todos, y transformaría la muerte de Adolfo Otero en una noticia con muy pocos, si es que algún precedente. Yo, personalmente, no recuerdo ninguno que se le compare en sorpresa y dramatismo. Julito Díaz era otro actor de renombre en la comedia. No podría decir con precisión cuál era su edad, pero era posiblemente mayor que Otero. La noticia sobre la muerte de quien era su entrañable amigo tuvo en Julito Díaz una consecuencia inesperada y también muy dolorosa: cayó muerto casi instantáneamente, como fulminado por un rayo debido a un ataque masivo al corazón. Este segundo y relacionado fallecimiento provocó un verdadero pandemonio noticioso, e incluso en un principio se dudó sobre la veracidad de tan fatídica coincidencia, de esta inefable jugarreta del destino. Horas después, cumplidos todos los trámites legales de rigor, certificada la causa natural en el deceso de ambos actores, sus cuerpos fueron llevados a la antigua funeraria Caballero, localizada en la calle 23 (La Rampa, en ese sector) y M, para ser velados uno junto al otro. Un dramático pero bello simbolismo de amistad solidaria no escapó a la conciencia de los cientos de personas que acudieron a rendirles postrer tributo de cariño: la muerte no había separado a los inseparables amigos sino eternizado su gran amistad.

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